Hoy el calor me ha golpeado
como un puño de sol,
y ha abierto en mi piel
la compuerta roja
de aquel verano imposible.
No volvió: irrumpió,
como un incendio antiguo
que aún sabe mi nombre.
Y yo, sin defensa,
sentí cómo sus brasas
me buscaban la mente,
me atravesaban,
me dejaban temblando.
Todo fue tan caliente entonces
que el tiempo se rindió,
que la luz se volvió cuerpo,
que tu voz ardía más
que el propio mediodía.
Y hoy,
cuando creía haber cerrado
la puerta del fuego,
vuelves tú,
vuelve el verano,
vuelve la quemadura exacta
de lo que no se olvida.
Arde.
Arde todavía.
Arde siempre.
Porque hay recuerdos
que no se recuerdan:
se reavivan.



