Tenemos tantos problemas,
tanta llaga abierta en la tierra,
que el cielo —ese viejo profeta cansado—
nos ha arrojado un eclipse
como quien lanza una señal
para ver si todavía entendemos los símbolos.
Pero la señal cayó lejos,
muy lejos:
no en Venezuela
no en Ceuta,
no en Colombia,
no sobre los incendios
que escriben su evangelio de brasas.
Allí no hubo sombra,
ni milagro,
ni palabra divina.
Solo fuego.
Solo humo.
Solo hombres solos.
Solo dolor.
El eclipse fue hermoso, sí,
pero la belleza también es un falso profeta.
La belleza distrae,
adormece,
nos hace levantar la cabeza
cuando la verdad está ardiendo bajo los pies.
Dolor sin fin,
belleza extrema:
dos caminos que no se cruzan.
Y la vida —esa juez que nunca olvida—
no perdona al que se deja engañar
por la luz del cielo
cuando lo vital se quema en la tierra.
Escuchadme:
que nada nos aparte
de lo que importa.
Que ninguna sombra celestial
nos robe la mirada.
El eclipse pasó,
pero el mundo sigue ardiendo,
y su fuego —ese sí—
es la verdadera profecía.
Y pronuncia nuestro nombre.



