Hoy es el Día del Orgullo Gay (en euskera,
Gai Alai Eguna) y por ello me apresto a
“mojar mi pluma en el arco iris y echar
sobre la línea polvo de alas de mariposa”,
en parafraseo de Diderot. ¡¡Ay el arco iris!
esa atractiva forma que ha encontrado
el movimiento Gay para que pases por el aro.
Pero la verdad es que todo el movimiento
LGTBIQ+ (¡Oh cielos, ya no caben más!)
está pasando por una crisis de autodefinición.
Los que son gay, lo tienen claro, pero sufren
si no han salido del armario. Los hay que
dudan, y esos sufren más. Los hay que
quisieran ser trans. Y los hay –los más
recientes- los “queer”, que sostienen que el
sexo es una construcción social que, por
lo tanto, se puede elegir. Es decir, el sexo
no depende de la biología sino de la
tendencia individual, de la voluntad de cada
uno. Vamos, como los de Bilbao, que
pueden nacer en cualquier parte, porque “el
mundo es un Bilbao más grande”. El
problema es que este nuevo movimiento
hace que, por ejemplo, las feministas pierdan
fuerza: la afirmación distintiva de su sexo no
puede permitir que cualquiera pueda entrar
en su club, solo con pensarlo. Hace que
en un sexo sin fronteras, su nacionalismo
sexual no pueda ser eficazmente defendido
por las leyes contra la violencia de género,
ni tenga espacios especialmente reservados
para las mujeres, como en los baños, las
casas de acogida o las cárceles. Vamos,
que para ellas el arco iris no sale para todos
después de la tormenta. Es la causa. Y no
introduzcamos los nuevos invitados al arco
iris: los vientres de alquiler. Y ya estamos
en “el Camarote de los Hermanos Trans”.
A este Día se le va a dedicar todo el
entusiasmo mediático, olvidando que hoy
es también el Día del Árbol. Es bonito el
arco iris, pero el árbol es el poema más
inspirador que ha escrito la Naturaleza.
Siempre lo escribe mirando al cielo y
siempre está cargado de esperanzas.



