Xabier Arzalluz Antia
Antes se decía:
“Piensa mal y acertarás; ahora es, piensa mal y te quedarás corto. ¡No lo olvides!».
Me lo decía no hace más de dos meses comiendo en el Euskalduna, Dionisio. Otro más que se nos ha ido de la saga de los Oñatibia. Muy diferente de su hermano Jon, el primero que se fue.
Integro e integrista. Fundamentalista, que se dice ahora. Incansable como médico. Insobornable como nacionalista sabiniano. Imperturbable ante los tiempos como católico.
Jaungoikoa eta Lege Zarra, el viejo principio, fuerista primero, nacionalista después, constituía el cimiento de su ideario político y de partido.
«Es bien sabido que, durante los últimos años, todos estamos bajo la poderosa fuerza de la gigantesca ‘ola progre’ con evidente trasfondo de ateísmo subyacente. Pues bien, con el fin de no ser arrastrados por la referida ‘ola progre’ debemos sacudir todo prejuicio y complejo, percatándonos. previamente de que el concepto de Jaungoikoa, por ser de rango superior, no es incompatible con la moderna sociedad industrial, sino acicate y estímulo, como sucede en todo el mundo...»
Es el encabezamiento de uno de sus muchos escritos que me ha ido enviando.
Todavía hace una semana recibí su última carta, fechada el 24 de julio de 1986. Hablaba del PNV:
«Hoy tenemos a Euskalherria llena de enemigos. No hay más que ver cómo se han ido a la ruina tantas y tantas asociaciones e instituciones: Zeruko Argia, las Ikastolas, Euskaltzaindia, ELA, la Asociación de Nekasaris, etc. ¿Y el EAJ-PNV? Y siendo todo esto innegable, me viene una pregunta a la cabeza: Si nuestro partido volviera a su autenticidad de siempre, ¿no sería capaz, cambiando su clima actual, volviendo todas esas asociaciones a su ser, de resucitarlas de lleno?»
Intransigente con el aborto, el divorcio, el marxismo. Fiel a sus principios en medio de una Euskalherria y de unas generaciones que iban arrumbando todas sus categorías de valores. Comprometido en la clandestinidad. Melitón Manzanas lo tuvo entre sus garras. Conoció la cárcel y la persecución. Pero no se doblegó ni abandonó la lucha. A pesar del desprecio de muchos, aun de su propio entorno, para quienes era un carca, un espécimen típico de la intransigencia y de lo retro.
Le tentaban para formar un nuevo partido con líderes a los que motejaba de «ídolos con pies de barro», creían que porque estaba a la contra podían contar con él. Pero jamás fue desleal a su partido. Ni lo hubiera sido si viviera.
Le recordaré sonriente y sereno. No era un carácter fácil, Dionisio. Pero era, cuando menos, el contrapunto necesario a tanta diarrea mental que veía pulular en tomo a sí. La roca entre tanta arena movediza había nacido «etxea gordetzeko» para «guardar la casa».
Con él y con otros como él vemos desaparecer una raza de hombres que han conformado el esqueleto de este pueblo.
¿Carca?. Tal vez. Pero un hombre. Que es por donde hay que empezar. En un mundo en el que abundan tanto los limacos brillantes, pero sin espina dorsal.
Tal vez el péndulo de la historia ha iniciado la vuelta hacia posturas de tipos humanos tan increíbles como Dionisio Oñatibia.
Xabier Arzalluz Antia




