Edgar Morin ha muerto a los 104 años. Todo un récord y poco previsible, puesto que tuvo una infancia enfermiza. Confieso que mi vena filosófica no pasa por Francia. El pensamiento filosófico del país vecino siempre me ha parecido amanerado, de mucha etiqueta, enredado en las palabras y excesivamente deudor del romanticismo germano. Pero, cosa un tanto excepcional, nunca he dejado de simpatizar con este longevo autor. Por eso quiero destacar alguna de sus facetas que me parecen relevantes.
Antes de nada, una naturaleza que vence al siglo. No tiene nada de extraño que tuviera tiempo para casarse tres veces. Su origen judío le coloca dentro de ese pueblo con pedigrí inteligente. Espectacular su decidido compromiso político. Defendió los ideales de una izquierda cerca de la cual estuvo; con todos los matices que se quiera, cerca. Se implicó a favor de la República española, de la misma forma que lo hizo con la Resistencia francesa contra el nazismo. Estuvo en todas las salsas y no desistió de pelear nunca.
En el terreno intelectual se le ha solido encuadrar en la sociología. Pero es solo una de sus ramas, porque su manera de ver el mundo fue enciclopédica. Desde lo más clásico a lo más actual, desde el existencialismo a la biología. Me gustaría destacar dos aspectos de su obra escrita: la idea de Complejidad y la de Trascendentalidad. En ambas insiste en que hay que mirar en todos los rincones ya que no hay nada que no esté entrelazado. Es lo más opuesto a una entre ciega y bizca unilateralidad. Su mensaje pedagógico es claro: hay que saber de todo. Mucho más habría que decir de este filósofo que ha desafiado a las garras temporales. Como colofón yo recomendaría su libro El Método, en varios tomos.
Descanse en paz este ajetreado filósofo.


