Cielo azul, limpio, paz en lo alto,
claridad templada. El camino avanza
conmigo abrazando las huertas. Cerca,
un hortelano que se inclina ante la tierra:
- ¿Qué haces?- pregunto.
- Planto.
- ¿Qué plantas?
- Planto sueños.
- ¿Sueños?
- Estoy plantando una higuera. Verás.
Este vástago crecerá, lo regaré y
dará en pocos años unos frutos, con
unas flores en su interior que serán
polinizadas por unas avispas
minúsculas y que luego saldrán a
polinizar a otros higos y otras machos
se quedarán para siempre en su interior
para fecundar a otras avispas hembras
que entren en este higo que es como
un cáliz o vagina acogedora, llena de
pistilos, estambres y pepitas, que son
realmente los frutos.
- O sea, que cuando comemos higos
¿nos tragamos avispas?
- Exactamente, tienen muchas
proteínas. Pero no las notas.
- Lo que no veo es dónde están los
sueños.
- Te digo. Las higueras pueden
alcanzar hasta 10 metros, y tienen
una enramada muy amplia y su sombra
es muy acogedora. Cuenta la leyenda
que Rómulo y Remo fueron
amamantados por una loba a la
sombra de una higuera. Y de allí
nació su inspiración para fundar Roma.
Lo mismo sucedió con Buda. Solía
echar la siesta bajo una higuera
(el árbol Bodhi, despertar), la “ficus
religiosa”. Allí meditaba, alcanzando la
iluminación espiritual o nirvana, es
decir, la libertad de sufrimiento. Un
descendiente de esa higuera se
venera actualmente en la ciudad de
Bodh Gaya, en el estado de Bihar, en
la India.
- ¿Bihar?
- Sí, por eso también el árbol de
Gernika hunde sus raíces en las
fuentes de inspiración que nos hacen
soñar con un “mañana”, un “bihar”
fructífero para Euskadi.
- Ya.
- Por eso te digo que estoy plantando
sueños. En poco tiempo, bajo esta
higuera, dibujaré al abrigo de su
sombra un futuro iluminado por
la luz de un mundo mejor.
- Volveré a pasar para ver el crecimiento.
- Ya lo verás. Agur.
- Agur. Sorte on.



