Ha comenzado el mundial de futbol y es como una explosión social. Todos lo miramos de frente o de reojo. Además, funciona a tope la retransmisión que llega a todas partes del mundo. No pocos se fijarán que este legendario deporte, estudiado como pocos por N. Elias, está lleno de cuestionables elementos.
Es un negocio que mueve mucho dinero en los despachos y los bolsillos. Es un espectáculo que facilita el masivo aborregamiento de la masa. Y es una especie de pinchazo en el globo de la cultura. Pero si se me permite referirme a mi experiencia personal, ese imponente hecho, permite una visión distinta.
Confieso antes de nada, que soy un gran aficionado al futbol. Como lo era, entre no pocos eruditos, E. Galeano. A mí me encanta repetir, ya en la cama, las mejores jugadas que he visto o imagino. Porque el futbol tiene unas reglas y saber aprovecharlas no solo exige fuerza física sino talento.
No llegaré al extremo de decir que se parece al ajedrez solo que en miniatura, aunque en algún sitio he escrito que el futbol es hacer pensar a los pies. Me crié jugando al futbol y seguía, casi casi con fervor religioso, todo lo que le rodeaba.
Todavía hoy vivo con pasión de novio, todo lo que atañe al Athletic de Bilbao. Me pongo muy nervioso viéndole jugar y sufro o me enfado cuando pierde. Una buena parte de mis emociones ahí se sitúan. Se me dirá que es una pura irracional o un incontrolado regreso a la infancia. Solo que no puedo por menos que defenderme recordando a Shakespeare. Es el momento en el que un personaje le dice a Hamlet que de vez en cuando hay que dejar descansar a la razón. Digo algo parecido.
Existe en nosotros una zona oscura que no conviene olvidar. Y, si es el caso, respetar. Que no perezca, entre tanto bullicio e intereses, ese pequeño espíritu futbolero.



