El misterio del eclipse
nunca se deja poseer por la mirada.
Permanece detrás del velo,
como esas verdades que sólo se acercan
a quien sabe esperar.
Siempre fue temido,
porque el hombre
teme menos a la noche
que a la sombra inesperada del mediodía;
teme aquello que no conoce
y más todavía aquello que creyó conocer.
Pero el eclipse no viene a ocultar el cielo,
sino a advertirnos:
su oscuridad es una palabra,
su silencio una señal.
Nos dice que los avisos del destino
no son para ojos distraídos.
Quien quiera leer los signos del cielo
ha de tener la mente despierta
y la mirada protegida.
Porque toda revelación exige prudencia,
y toda luz demasiado directa
puede dejar ciego al que la persigue.
La luz y la oscuridad,
enemigas sólo en apariencia,
tejen juntas el mismo misterio.
Son los dos polos
de una verdad indivisible,
los dos párpados con que el mundo
abre y cierra sus ojos.
Aprender a vivir entre ambas
es la tarea del hombre.
Ni rendirse a la sombra,
ni idolatrar la claridad.
Pues también la noche ilumina,
y también la luz oculta.
Y el eclipse,
con su breve lección de tiniebla,
nos recuerda que sólo ve de verdad
quien sabe convivir
con el resplandor y con la sombra.



