GALINDEZ MURIÓ GRITANDO GORA EUZKADI ASKATUTA.
El secuestro y asesinato del delegado del Gobierno vasco en Nueva York reveló el alcance internacional de la dictadura de Trujillo y convirtió a Jesús de Galíndez en un símbolo del exilio vasco.
28 de septiembre de 1956, Hotel Palais d´Orsay de Paris. En sus salones tiene lugar el Congreso Mundial Vasco, en el que el Gobierno de Euzkadi da cuenta de su gestión durante veinte amargos años de guerra y exilio. En la emotividad del acto sobrevuela un extraño sentimiento de pesadumbre, no exento de inquietud, ante unos hechos acaecidos meses atrás que, vinculando a uno de los más destacados representantes del desterrado Gobierno Vasco, se van a convertir en auténtico escándalo internacional.
Ante el silencio que precede a una declaración esperada el Lehendakari Aguirre se dirige a los asistentes:
«Hay algo que yo tenía el deber de dar cuenta a la Asamblea, y es que el día 12 de marzo vino a nosotros una trágica noticia: el delegado del Gobierno vasco en los Estados Unidos, profesor Galíndez, había desaparecido. Soy vuestro intérprete para decir que nos asesinaron a un hombre bueno, a nuestro compañero, a nuestro representante, porque siguió allí en tierras de América defendiendo nuestro concepto de la libertad, que se confunde con la libertad de todos los pueblos y hombres de la Tierra. Y le persiguieron y asesinaron quienes son la antilibertad, quienes son la corrupción, quienes pagan (a) gángsters para cometer crímenes».
Todos los indicios ya apuntaban entonces a que Jesús de Galíndez había desaparecido por obra y desgracia de Rafael Leónidas Trujillo, déspota presidente de la República Dominicana, primer país en el que recaló el vasco en el exilio de postguerra. La razón podría confirmarse en investigaciones posteriores: el profesor Galíndez pretendía optar al doctorado en Filosofía y Ciencia Política con una tesis titulada “Trujillo´s Dominican Republic”, radiografía del sistema antillano como paradigma de las dictaduras latinoamericanas.
Galíndez era, fundamentalmente, un nacionalista vasco, ideología que profesó hondamente y hasta el final, pero no habría de ser un militante más en el exilio, alguien que mereciera fácil catalogación. Las ideas que el intelectual vasco vertía en sus obras no dejaban de despertar reacciones encontradas, no ya, tan sólo, para sus enemigos totalitarios, sino también entre los suyos. Para Galíndez la fidelidad era la reflexión, y su aportación a la causa propia, el juicio crítico y la participación allá donde hubiera una silla vacía, que no sería, a la larga, otra cosa sino la llamada “doctrina Aguirre”, que décadas después desarrollara Xabier Arzalluz.
La disruptiva, para su tiempo, apertura de miras se adivina en textos como aquél en el que se pregunta
“soy vasco, sí, pero ¿somos vascos?”,
para contestarse:
“ser vasco es un timbre de orgullo que, en nuestra pequeñez, no puede significar jactancia agresiva”,
y para subrayar a continuación:
“no basta el patriotismo, hace falta una acción social, el patriotismo no puede confundirse con el mantenimiento de una clase privilegiada”.
Galíndez mantiene desde su abertzalismo una orientación colectivista y universalista, rompiendo moldes en la época y aportando puntos de vista que sólo años más tarde serán acogidos como contribución a la renovación ideológica del nacionalismo vasco.
Interesantes son sus reflexiones sobre la función de la propiedad y el derecho social, desde el estudio de la foralidad vasca tradicional, con especial dedicación al Fuero de Ayala, tierra alavesa de origen. Por otro lado, su concepción del exilio también tiene algo de peculiar, ya que destaca los beneficios del contacto con otras realidades, precisamente él, que sufrió en su carne más que nadie la soledad de la lejanía y el desamparo del vencido, con las consecuencias dramáticas que conocemos. La política y el estudio académico, unidos a su causa vasca y a las causas de otros pueblos sojuzgados, son la tabla de salvación de un náufrago, huérfano de familia y de patria.
Se supo, sí, que Galíndez fue comisionado como colaborador del FBI, y a partir de ahí la fabulación está servida, de lo que son testigos infinidad de reportajes, libros y películas, sobre su vida y sobre su cruel muerte a manos del sátrapa Trujillo, por haber puesto al descubierto la tiranía. Un asesinato que con sus ramificaciones acarrearía la muerte del propio dictador caribeño.
Lo cierto es que Jesús de Galíndez no dejaba de ser un hombre sencillo y de personalidad agradable y optimista, un idealista de modales a la antigua, a la vez que conspirador impenitente y látigo de autoritarios. Eficaz gestor en los pasillos oficiales, también estudioso sumergido en los anaqueles de las bibliotecas. Su pluma era prolífica, pasando de la poesía al artículo periodístico punzante, de la tesis histórica a la denuncia del oropel social del momento. Galíndez era profesor, literato, abogado, periodista, diplomático, investigador. Observador de la alta política internacional, ofrece recetas de futuro. Miraba y ambicionaba el poder en Nueva York de la mano del caleidoscopio latino, pero sin olvidar su principal causa ni renegar de sus raíces.
Todo eso y mucho más fue Galíndez, brindando un amplio campo para ahondar en sus razones de vivir y también de morir, cuando las amenazas le avisaban de su posible fin. Algo puede decirnos de ello su declaración en 1952, sin haber cumplido los treinta y siete años, a modo de testamento público, todavía hoy incumplido:
«Ruego a quien se haga cargo de mi cuerpo y bienes que mis restos sean llevados un día a Amurrio, en la provincia de Álava, Euzkadi, para ser enterrados allí, en la finca que mi padre tiene cerca de Larrabeobe, en la parte alta donde se divisan las montañas de mi Patria».
En el filme “El misterio Galíndez” (2003), protagonizado por Harvey Keitel y Eduard Fernández, se reconstruyen sus últimos momentos, en la Republica Dominicana, llevado allí por Trujillo para torturarlo y acallar su voz. Al poner fin a su vida sus asesinos aún tuvieron que escuchar sus agonizantes postreras palabras, compendio de una razón de vivir:
«Gora Euzkadi askatuta!»





