Si aspiramos a ser sabios,
no es para saber más,
sino para aprender a mirar
lo que siempre estuvo ahí,
quieto,
esperando nuestra luz.
La duda es una lámpara humilde:
alumbra sin imponerse,
entra en la mente
como entra la mañana
por una rendija de la casa.
Cada paso hacia la sospecha
es un avance hacia el más allá de toda duda,
hacia la luz de la verdad,
hacia la desnudez de toda presunción.
Dudemos, dudemos siempre,
si aspiramos a ser sabios,
pero no culpemos al zapatero
por ir descalzo.
Él sabe que la tierra
habla primero a los pies,
y que solo quien sangra
puede escucharla.
Ya nos contará su verdad.
La certeza, sin ninguna duda,
está más cerca del error,
que del acierto.
Yo la he visto
levantarse como un muro,
y he visto a la duda
entrar por una grieta
con la suavidad de la brisa
y la fuerza de un amanecer.
Dudar es esto:
dejar que la luz
nos encuentre sin prisa,
como quien abre una ventana
y descubre
que el día ya estaba dentro.
Es aceptar que la verdad
no se entrega entera,
sino en fragmentos,
como un fruto que madura
solo en la mano del tiempo.



