La Tierra se nos queda seca,
pero no en silencio:
cruje como un hueso partido,
como un animal que aún muerde
aunque lo estén matando.
El hombre avanza, sí,
pero avanza pisando cadáveres de raíces,
avanza como un soldado torpe
que dispara sin saber
que la bala vuelve.
La Tierra no llora
porque ya no le queda agua,
pero se endurece,
se levanta en polvo,
se hace tormenta,
se hace puño de arena
contra la cara del culpable.
El hombre no quiere verlo.
Prefiere llamarlo destino,
prefiere llamarlo tiempo,
prefiere llamarlo nada.
Pero es culpa,
culpa suya,
culpa nuestra,
culpa que arde como un mediodía sin sombra.
La Tierra se muere, sí,
pero no piensa morir sola.
Arrastrará al hombre
por la garganta seca,
por el aire roto,
por el fuego que él mismo encendió.
Y cuando caiga,
cuando entienda al fin
que no había enemigo más que él mismo,
será tarde:
la Tierra habrá cerrado el puño
y no lo soltará.
Hoy por hoy, la Tierra calla.
El hombre avanza.
Y entre ambos
crece un silencio
que ya huele a ceniza.



