El profesional actual, pagado por políticos, repite consignas gritando o insultando sin conocimiento, degradando el debate público.
Una castiza tertulia en el desaparecido restaurante El Chinitas.
Se dice que las tertulias en los medios de comunicación tal y como están es un fenómeno típicamente español. Pero las tertulias en sentido amplio y, sobre todo en los cafés, tienen una tradición larga en este país. La generación del 98, por ejemplo, se desenvolvió muy a gusto en reuniones de amigos con sabor intelectual. Una tertulia bien llevada puede ser un placer y una ocasión para aprender. Durante mi estancia en Italia en los años sesenta no me perdía tertulia de la televisión. El socialista Neni, el liberal Malagodi y el comunista discutían razonando y escuchando. Sin ir más lejos, la Clave de Balbin o programas de Jesús Hermida eran ocasiones en las que se trataba un tema con rigor y elegancia. Mucho ha cambiado desde entonces. Y ha cambiado para mal. Ya no se habla en circulo contrastando argumentos, sino que saltan al ruedo dos bancadas y se pelean como boxeadores de barrio. De este modo, ha surgido la figura del tertuliano profesional. Un oficio que paga el político de turno. Este omnipresente personaje habla de todo sin saber de casi nada. No sabe pero obedece. Repite, contra viento y marea, la consigna que le han dado. Es el famoso y vergonzante argumentario. Una chuleta que repite y repite gritando. O insultando. Se trata de un espectáculo entre grotesco e infantil. De esta manera, se enturbia el ambiente, se degrada el espíritu democrático y se atasca la discusión pública. No es servicio alguno a la comunidad. Muy por el contrario, la tertulia se convierte en una terminal de alguno de los brazos del poder. Entre las etimologías de la palabra tertulia, sobresale la que afirma que proviene de Tertuliano. Tertuliano fue un Padre de la Iglesia que acabo hereje. Parece que hablaba mucho. No es un buen ejemplo. Mejor quedarse en esas conversaciones de amigos que intercambian opiniones sin ofender. Y, sobre todo, se habla desde el conocimiento y no desde la ignorancia.


